Redacción: Jesús Luna
Una mañana luminosa, de esas que huelen a historia, fue el escenario perfecto para el deporte más hermoso del mundo: el fútbol. El Estadio Olímpico Universitario, testigo de tantas noches mágicas en Colima, abrió sus puertas para recibir un encuentro con causa entre el Bachillerato 33 y el Bachillerato 4.
El césped, impecable, invitaba a soñar. Veintidós jóvenes estaban listos para escribir su propio capítulo en este sagrado terreno de juego.
El silbatazo inicial marcó el comienzo de una batalla táctica. En los primeros minutos, ambos equipos se midieron, tantearon el terreno, buscaron el error del rival. Pero la igualdad se rompió pronto, cuando una figura emergió en el centro del campo: el mediocampo del Bachillerato 33 tomó el timón y nunca más lo soltó. Su dominio fue absoluto, su orden táctico impecable. Con paciencia y precisión, tejieron jugadas que hacían vibrar las gradas.
Y entonces llegó el primer golpe.
Un pase filtrado que rompió líneas, una carrera vertiginosa de José Emilio Pérez, que picó al límite del fuera de lugar, y una definición serena, de esas que sólo los que aman el balón saben ejecutar. El 1-0 encendió la tribuna, mientras los rostros del Bachillerato 4 mostraban desconcierto y frustración.
El 33 no se conformó. Olió sangre y fue por más. Sus transiciones eran letales: toque rápido, espacios bien leídos, contragolpes punzantes. Y en uno de ellos, Elián Enrique Vázquez escribió la segunda joya de la mañana. Con dos defensas respirándole en la nuca, se escapó con velocidad, burló la salida del portero y, con un toque sutil, empujó el balón al fondo de las redes. 2-0. Golpe de autoridad.
El Bachillerato 4 intentó reaccionar. Su mediocampista, Paulo Novela, trataba de organizar, de poner calma en medio del vendaval, pero la muralla defensiva del 33 no concedía espacio alguno. Ni los pelotazos, ni los tiros libres, ni los intentos de media distancia lograron quebrar esa estructura sólida que parecía hecha de acero.
El primer tiempo se esfumó con el dominio absoluto del Bachillerato 33, que no sólo jugaba, sino que entendía el juego.
El motor de todo era Diego Méndez, cerebro del mediocampo, quien distribuía balones, marcaba el ritmo y conectaba con los delanteros con la naturalidad de quien ve el fútbol un segundo antes que los demás.
La segunda parte bajó de intensidad. El cansancio, el calor y la ventaja pesaban en el ritmo del partido. El 33 supo administrar la ventaja; el 4, resignado, buscaba con más corazón que claridad. Hubo intentos, hubo coraje, pero el marcador no se movió más.
El silbatazo final confirmó lo que ya se intuía desde los primeros compases: el Bachillerato 33 es campeón, con un estilo de juego que combinó disciplina, velocidad y precisión quirúrgica.
Un equipo que no sólo ganó, sino que convenció.
Un grupo de jóvenes que demostraron que el fútbol, cuando se juega con causa y con pasión, se convierte en una lección de vida.
Marcador final: Bachillerato 33 (2) – Bachillerato 4 (0) Un triunfo que quedará grabado en el Olímpico Universitario…











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